John Carlos y Tommie Smith entraron a la historia tras alzar los puños en un acto contra el racismo en 1968
Foto: AFP
Marchaban lentamente rumbo al podio. En las manos, guantes negros. En los pies, medias del mismo color. Todo daba a entender que la premiación de los 200 metros de atletismo sería un evento para no olvidar. Los dirigentes olímpicos temían que lo peor estaba por venir, pero ya era tarde. Los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos sabían que entrarían a la historia en la mañana de aquel 16 de octubre de 1968. No solo por el récord mundial que Smith acababa de marcar - 19,83 segundos imbatibles por más de una década - sino por un silencioso alzar de brazos mientras se escuchaba el himno nacional. El puño en el cielo, más conocido como el "Black Power Salute", les costaría un precio muy alto por el resto de sus vidas.
1968, el huracán humano
"Dilo en voz alta: soy negro y me siento orgulloso", cantaba James Brown en las principales radios de Estados Unidos. La canción, lanzada a dos meses del inicio de los Juegos en México, traducía musicalmente la discriminación sufrida por la comunidad negra en el país. Algo de lo que Smith y Carlos entendían desde que crecieron recogiendo algodón en los campos del sur norteamericano.
"No podíamos hacer casi nada porque nos veían como personas de segunda categoría. Si veías un blanco, inmediatamente tenías que cambiar de acera. Tampoco podíamos compartir los servicios públicos. Había baños para los blancos, muy limpios, y para los negros, muy sucios. No había igualdad en ningún sentido", recordó Smith en una entrevista al diario El País en 2008, cuando se cumplieron 40 años desde que los atletas protagonizaron el gesto más emblemático de la lucha contra el racismo en el deporte.
Pero para callar fue necesario hacer ruido, y en 1968 eso era lo que menos faltaba. Ocurría en el planeta una especie de "huracán humano", nacido en las instituciones educacionales de las principales capitales del mundo. Por primera vez los jóvenes tenían el poder de cambiar la sociedad y en la Universidad de San Jose State, en California, donde estudiaban Carlos y Smith, no fue diferente. Estaban hartos de 20 años de Guerra Fría, de la Guerra del Vietnam, del mundo dividido en dos bloques - capitalista y socialista -, de las costumbres rígidas, de la jerarquización de las relaciones sociales, del racismo. Era hora de cambiar.
En México, también fueron los estudiantes los responsables de las movilizaciones que acabarían trágicamente el 2 de octubre de ese mismo año con la matanza de la plaza de Tlatelolco. Se estima que cerca de 500 jóvenes perdieron la vida cuando un batallón del ejército empezó a disparar contra la multitud.
Inspirados por las enseñanzas del activista y precursor de los Movimientos por los Derechos Civiles Martin Luther King, asesinado tres meses antes, y por las ideas del profesor de sociología de San Jose State Harry Edwards, mentor del OPHR - Proyecto Olímpico para los Derechos Humanos-, Smith y Carlos no lo pensaron dos veces.
"Vi tantas injusticias que no podía quedarme sin hacer nada. Aquel gesto no lo hice por moda, sino por cambiar algo. Nuestra idea era boicotear los Juegos, pero no fue así y decidimos que cada uno organizara su protesta como quisiera. No tenía ni idea de lo que podía pasar, cómo me iba a sentir en el podio, qué haría. No lo supe hasta que Carlos (que ganó el bronce) me lo planteó en el túnel de salida", relató Smith.
Tras subir al podio y empezar los primeros acordes de "The Star-Spangled Banner", los dos velocistas levantaron sus manos. Carlos alzó la izquierda y Smith, la derecha. Vestían guantes negros, que representaban la "América negra". Carlos llevaba la chaqueta sin cerrar, "una seria desobediencia al protocolo". Según el periodista deportivo Dave Zirin, lo hacía para homenajear a los operarios, negros y blancos. En el cuello llevaba un collar de cuentas, que simbolizaba las agresiones físicas y los linchamientos a lo largo de los años. Los pies cubiertos con medias negras significaban la miseria, el hambre, la desigualdad.
Peter Norman, el australiano que había conquistado el segundo lugar, se unió a la protesta. Al enterarse de que los deportistas se manifestarían a nivel mundial, le pidió al remero del equipo estadounidense Paul Hoffmann, activista y amigo de Carlos y Smith, un distintivo del OPHR para lucir en el pecho: "Hola, compañero, tienes otro de esos?". Hoffmann instantáneamente se sacó el que tenía y se lo dio.
El precio del coraje
Tras ser considerados autores de un acto de rebeldía política, los dos atletas fueron expulsados de México bajo orden de Avery Brundage, más conocido como "Slavery Avery" (un juego de palabras con "Esclavitud", en inglés), entonces presidente del COI. El mismo hombre que 30 años antes había sido contratado personalmente por Adolf Hitler para construir la embajada alemana en Estados Unidos.
"Brundage se encargó de hacer que el COI tuviera más fascistas que los juicios de Núremberg", ironiza Zirin en un documental de la BBC en 2008.
Para Carlos y Smith, todo cambió para siempre. Pese a ser aclamados como héroes por la comunidad universitaria de San Jose State, los dos fueron amenazados de muerte y blanco de numerosas cartas de odio durante mucho tiempo.
Después de México, los amigos desaparecieron. "Tenían miedo de perder sus amistades blancas y sus puestos de trabajo. Yo tenía 11 récords del mundo, más que cualquier persona en el mundo, y el único trabajo que encontré fue lavando coches en un estacionamiento", cuenta Smith. "Todo el mundo tenía mucho miedo. A mis hermanos los echaron del colegio. A otros, en el equipo de fútbol de la universidad, les prohibieron competir por lo que yo hice".
El destino de Carlos fue aún más dramático. Su esposa se suicidó, su perro fue asesinado y su cuerpo, expuesto en el portal de su casa.
"Si hubiera sido un niño bueno en México, tal vez hubiese sido más rico y una figura más importante de la que soy ahora, pero tendría que luchar contra mi conciencia para siempre", afirmó Smith algunos años después de la cita olímpica.
El legado de igualdad
Al regresar al campus en California, jóvenes blancos y negros se juntaron para celebrar la audacia de los atletas, tal vez dejando huellas del inicio del sueño de King: "Que los hijos de los exesclavos y los hijos de los expropietarios de esclavos serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la hermandad".
Tras pasar los años 70 en el limbo, la historia de Smith y Carlos inspiró a otros deportistas negros a brillar en los Juegos de Los Ángeles 1984 y, posteriormente, en los de Atlanta 1996.
"Hemos luchado por una mejora y, como consecuencia de esa lucha, ahora hay un presidente negro. Ha sido un proceso muy lento. Eso no quiere decir que todo vaya bien. Pero, gracias a la forma en que piensa Obama respecto al cambio social, la lucha no ha terminado. Sólo acaba de empezar", concluyó el medallista de oro. "Los jóvenes afroamericanos, incluso hoy, son dianas en Estados Unidos, así de sencillo".
Pero si algunos hechos cambiaron, otros, por suerte, permanecen: los 200 m de atletismo son hasta hoy una de las premiaciones más nobles de los Juegos Olímpicos. Una prueba actualmente dominada por el fenómeno de las pistas Usain Bolt, jamaicano y orgulloso de ser negro.
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- Terra

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